Llegue
unos minutos antes, hacía frio en la puerta y empezó lo que seguramente en mi inconsciente
siempre está, el de asociar clima, aromas y situaciones contemporáneas, con
aquella época que consumió minuto a minuto parte de mi vida, con ambigüedades, como
soportar hambre, sueño, angustias, bailes, con la única música (Carrera Mar y
Cuerpo a tierra), el orden cerrado, el Pelotón Fantasma, el Duchi Club,
Pe.Su.Co y otros tipos de torturas físicas y psicológicas para formatear el
cerebro de un recluta para moldearlo y formar un soldado infante, las manos frías,
me recordaban esas noches de guardia o días fríos en ejercicios de campo, La
Tosquera, Ezeiza, Punta Indio, Campo de Mayo, etc.
Llego Baeza un señor puntual,
por eso nuestro dragoneante, después Arcuri, férreo luchador desafiando
lipotimias y desmayos, entramos, al rato llega el Gallego, soldado tardío, de
tranco lento, perezoso y encorvado, nos sentamos, cenamos, brindamos con vino,
recordamos anécdotas, revividas unas y otras mil veces, al término de la cena, llego, “Montoya” el conductor del Reo, imponente camión, chofer de Jeep y
gran recuperador de utensilios de combate, nuestro proveedor de logística en el
campo, fuimos a candilejas un bar asociado a mi pasado del Vieytes, pero eso es
otro tema, pedimos café, otros cerveza y recorrimos entre todos un pasaje de
nuestras vidas, una síntesis de 26 años, mechando entre recuerdos de vivencias
de la colimba, pero cada vez con silencios entre anécdota y anécdota, como si
el tiempo no hubiera pasado y nuestro recuerdo tomaba cuerpo, como aquel movimiento
inesperado del gallego y sus giros inesperados del “Orden Cerrado” (desfile)
como si fuera uno de los tres chiflados, recordando nuestros guisos de mondongo
y fideos con gorgojos, mate cocido con caldo, cangrejos hechos en la marmita,
que nos comíamos hasta las pinzas, y demás exquisiteces, otra vez el silencio, de repente cierra el bar, nadie quería moverse de ese estado de recuerdo, nos vamos a otro
bar “el Destino”, como si fuera una paradoja, pedimos café, lo recordamos al “Sapo”
Lavalle, compañero de ruta que no vimos más, vaya a saber que es de su vida, nos
miramos y otra vez historias y recuerdos, silencios que entre el cansancio de
la noche e intercambio de fotos de nuestros hijos e hijas, otra vez predominaba
el silencio, momento que interpreto, que era, no poder creer que habían pasado
26 años y nos mirábamos entre nosotros como si hubiéramos vivido codo a codo
estos últimos años, pero lo vivido fue en 1989, después algunos esporádicos encuentros,
pero esos silencios representaban el afecto, el cariño, el respeto, la admiración,
de saber que éramos 5 tipos que nos sentíamos amigos de toda la vida y que esos
minutos de colimba, valían 26 años de amistad y que no hace falta hablar de
nada, para saber lo que piensa el otro, porque el hambre, el frio, la angustia,
la bronca, se transformó en compañerismo, camaradería y por sobre todo en
buenas personas, que en silencio nos entendemos de memoria y que el silencio de
la colimba, logro que nuestros ojos hablaran, nuestras miradas se transformen
en palabras, como ese abrazo final, de chau nos vemos en la próxima, cada uno a
su casa en silencio.
Pe.Su.Co pelotón de sufrimiento Constante
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